El Estado mexicano surge de una Revolución, y como tal, su creación, sentido y existencia se decidió en la interpretación de ese acontecimiento. Tanto el Estado y la nación mexicanos se instauraron concibiéndolos desde diferentes ideologías e intereses como el proyecto surgido de esa revolución. En este espacio registraremos la investigacion de esas diversas perspectivas ideológicas, culturales e imaginarias.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Los grupos indígenas y el proyecto de nación de Manuel Gamio

Tras cumplirse en el año 2010 doscientos años del inicio de la Independencia de México y un siglo del aniversario del comienzo de la Revolución resurge la interrogante sobre la importancia y significación de esos procesos socio-históricos hoy día, especialmente por la manera en que marcaron de forma indeleble la historia de México; y más en el contexto actual caracterizado por cambios de diversa índole –social, cultural, económico- que hacen cuestionarnos las ideas que sobre el estado nacional teníamos por buena parte del siglo XX. En consecuencia, también se someten a escrutinio las narrativas, debates, discursos y posturas políticas sobre las cuales se fundaba el sustrato ideológico de los proyectos de nación y cuyo origen se remonta a los inicios de la centuria pasada. Hace falta una relectura crítica –reconstructiva y retrospectiva- de los imaginarios y las genealogías conceptuales sobre las que se basaron los nacionalismos mexicanos de variados cuños ideológicos –liberales, socialista y conservadores- durante principios del siglo XX, y que, además, nos remiten a autores tan variados y disímiles como Manuel Gamio, Justo Sierra, José Vasconcelos, Vicente Lombardo Toledano y los muralistas, entre muchos otros.

Uno de los autores menos abordados a este respecto ha sido Manuel Gamio, quien participó activamente en el proceso de reconstrucción de México, después de la Revolución de 1910. Por ello, desde una perspectiva histórico-antropológica, el presente trabajo, aborda, de manera general, cuál fue la representación de los indígenas y el lugar de estos grupos en el proyecto de nación (patria) que Manuel Gamio esbozó en Forjando Patria (1916), en el contexto de la parte final de la etapa armada de la Revolución y en el marco de los antecedentes inmediatos de la Constitución de 1917, preámbulos del inicio de la construcción del proyecto nacional...


Los grupos indígenas y el proyecto de nación de Manuel Gamio.
Forjando Patria: los orígenes del indigenismo.
Guillermo Castillo Ramírez.[1]

1.- Introducción
Tras cumplirse en el año 2010 doscientos años del inicio de la Independencia de México y un siglo del aniversario del comienzo de la Revolución resurge la interrogante sobre la importancia y significación de esos procesos socio-históricos hoy día, especialmente por la manera en que marcaron de forma indeleble la historia de México; y más en el contexto actual caracterizado por cambios de diversa índole –social, cultural, económico- que hacen cuestionarnos las ideas que sobre el estado nacional teníamos por buena parte del siglo XX. En consecuencia, también se someten a escrutinio las narrativas, debates, discursos y posturas políticas sobre las cuales se fundaba el sustrato ideológico de los proyectos de nación y cuyo origen se remonta a los inicios de la centuria pasada. Hace falta una relectura crítica –reconstructiva y retrospectiva- de los imaginarios y las genealogías conceptuales sobre las que se basaron los nacionalismos mexicanos de variados cuños ideológicos –liberales, socialista y conservadores- durante principios del siglo XX,[2] y que, además, nos remiten a autores tan variados y disímiles como Manuel Gamio, Justo Sierra, José Vasconcelos, Vicente Lombardo Toledano y los muralistas,[3] entre muchos otros.
Un de los autores menos abordados a este respecto ha sido Manuel Gamio, quien participó activamente en el proceso de reconstrucción de México, después de la Revolución de 1910. Por ello, desde una perspectiva histórico-antropológica, el presente trabajo, aborda, de manera general, cuál fue la representación de los indígenas y el lugar de estos grupos en el proyecto de nación (patria)[4] que Manuel Gamio esbozó en Forjando Patria (1916), en el contexto de la parte final de la etapa armada de la Revolución y en el marco de los antecedentes inmediatos de la Constitución de 1917, preámbulos del inicio de la construcción del proyecto nacional.
No obstante, para ello, en primer término se trazan previamente las coordenadas socio-históricas de Gamio y de la difusión y propósitos de Forjando Patria. Esto con el propósito de vincular el contexto de vida de Gamio con la publicación y objetivos esta obra en particular. Posteriormente, en el siguiente apartado se hace una caracterización general de esta obra: (a) cuáles eran los objetivos que se proponía; (b) cuál era su audiencia específica, a qué grupos sociales iba dirigida; (c) y cuál era su estructura interna y los ejes temáticos que aborda. En esta misma sección también se explicita cuál fue la relevancia de Forjando Patria, considerando que se trata no sólo de una de los textos fundacionales de la antropología mexicana del siglo XX, sino también de uno de los idearios pioneros –a nivel teórico y práctico- que delinearon sustancialmente las políticas del estado hacia los grupos indígenas en México durante gran parte del siglo pasado; así, la trascendencia de esta obra de Gamio es doble, por un lado, académica, y, por otra parte, de orden político estatal. En el penúltimo apartado se abordan las representaciones de los grupos étnicos, así como la génesis histórica y las características que Gamio atribuía a la nacionalidad definida e integrada; aquí no se pretende explorar en que medida la concepción de nación de Gamio se relaciona con la de los teóricos e historiadores principalmente europeos del nacionalismo –Hroch (1985), Anderson (2005), Armstrong (1982), Gellner (1983), Hobsbawn (2000), Smith (1983)-, el punto es indagar los vínculos entre la visión de la historia de México de Gamio, su idea nación y el lugar de los grupos indígenas en ambas. Aunado a lo interior, se apuntan y delinean las medidas que el autor propone para lograr una “nacionalidad definida e integrada (Gamio, 1992: 8)”, particularmente aquellas acciones destinadas a los grupos indígenas.         

2.- Vida y obra de Gamio. El origen de las políticas indigenistas de principios de siglo XX en México.
            Manuel Gamio nació en 1883 en la ciudad de México, donde también murió en 1960. Estudió en la escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, posteriormente se enlistó en la Escuela de Minas. Para 1906 asistió al Museo Nacional de la Ciudad de México, donde cursó unas de las primeras clases de antropología y arqueología en México a cargo de los profesores Nicolás León y Jesús Galindo y Villa (Mendieta y Núñez Lucio, 1979: 58). Después partió a Estados Unidos, donde, de 1909 a 1911, estudió arqueología en la Universidad de Columbia, Nueva York, bajo la tutela del connotado antropólogo Franz Boas (Hewitt de Alcántara, 1988: 25). Boas, a quien se le atribuye la corriente del particularismo histórico dentro de la historia de la antropología y una férrea defensa del trabajo de campo, fue una figura central de la antropología norteamericana y mantuvo por un largo periodo el control del departamento de antropología de Columbia (Harris, 1979: 218-219); además, fue uno de los críticos más encarnizados de aquellos que creían que había una estrecha relación entre raza y cultura, prejuicio sobre el que se basaba la idea de la superioridad del hombre blanco europeo-occidental (Boas, 1964: 19-33).[5] La influencia de Boas tanto en la antropología mexicana, como en Gamio en particular, fue significativa. Una manifestación de esto fue que, en el capítulo V -“Prejuicios sobre la raza indígena y su historia”- de Forjando Patria (Gamio, 1992: 23-26), Gamio retoma la crítica que Boas, en el texto The Mind of Primitive Man (Boas, 1911) y desde una postura contraria al evolucionismo, hace sobre la supuesta inferioridad innata de algunos grupos humanos respecto a otros. De Boas Gamio retoma la idea de la reivindicación de la diferencia cultural de los grupos sociales –no occidentales- y la crítica a la idea lineal y acumulativa del progreso (Boas, 1964: 19-33).[6] Además, también hereda la perspectiva de que en la investigación de los grupos humanos debe nutrirse de las miradas antropológica, arqueológica, lingüística e histórica (Gamio, 1992: 18),[7] y articularse desde una perspectiva holística que integre los diversos aspectos de la existencia humana, el llamado “método de investigación integral (Mendieta y Núñez, 1979: 62)”.[8] Posteriormente, Gamio, en la misma universidad de Columbia, obtiene el doctorado en 1921, por sus trabajos multidisciplinares sobre los grupos sociales del valle de México, principalmente en el área arqueológica de Teotihuacán. 
Gamio fue una de las figuras del ámbito intelectual mexicano de principios del siglo XX que experimentó de manera directa dos partes claves de la historia nacional, la Revolución Mexicana y el proceso de construcción del estado nacional. Si bien su labor académica se enfocó sustancialmente a la práctica de la arqueología y la antropología en el México posrevolucionario a través de la dirección de instituciones académicas, la docencia y la realización de investigaciones novedosas, también tomó parte activa en los debates revolucionarios y posrevolucionarios acerca de la construcción del estado nacional, sobre todo en lo concerniente al papel de los grupos indígenas; ejemplo apoteósico de esto fue la elaboración y publicación de Forjando Patria en 1916. Como otras personas de la época que deambulaban entre los campos de las ciencias, las humanidades y la cultura –uno de los casos más representativos fue José Vasconcelos[9]-, Gamio también desempeñó varios cargos en la administración pública. Así, estuvo a cargo de la Dirección de Antropología de la Secretaria de Agricultura de México de 1917 a 1924 (Alanis Enciso, 2003: 982) (Hewitt de Alcántara, 1988: 25). Posteriormente se desempeñó como Subsecretario de Educación Pública entre 1924-1925. Para la siguiente década (1934), fungió como director general de Población Rural y Colonización en la Secretaria de Agricultura y Fomento, y años después fue jefe del Departamento Demográfico de la Secretaría de Gobernación del periodo de 1938 a 1942 (Mendieta y Núñez, 1979: 81, 82). De manera que no limitó su esfera de acción a la docencia e investigación únicamente, sino que participó activamente en la construcción del proyecto nacional a través de su trabajo en el sector público.   
En lo que respecta a la arqueología y antropología, sin duda alguna Gamio es uno de los principales precursores de ambas disciplinas en el México de la primera mitad del siglo XX, no sólo a través de sus obras más conocidas (Forjando Patria, La Población del Valle de Teotihuacán, Consideraciones sobre el Problema Indígena),[10] que ahora ya son clásicos de las ciencias sociales mexicanas del siglo pasado, sino también por su labor de difusión y fortalecimiento de la arqueología y la antropología en tanto director de la Escuela Internacional de Antropología y Etnografía Americana, en la ciudad de México. Él fue uno de los pilares para establecer una fuerte relación entre la profesionalización e institucionalización de la antropología y la arqueología y el desarrollo del naciente estado nacional mexicano,[11] de ahí que algunos lo nombren como el padre de la antropología mexicana. En este sentido y resaltando la importancia de este autor para antropología, Bonfil Batalla señala:
“La figura de don Manuel Gamio es sin duda, la de mayor relevancia en el panorama de la investigación antropológica de la década siguiente a la revolución armada de 1910. Sus planteamientos, expuestos por entonces fundamentalmente en Forjando Patria y en la introducción a La población del Valle de Teotihuacan, muestran con claridad que Gamio tenía una visión amplia, global, del campo de estudio de la antropología (Bonfil, 1995: 320)”.

Además, Gamio, cuya postura sobre las etnias en México se basó en lo general en un elaborado y paulatino integracionismo, fue uno de los principales ideólogos para delinear una parte sustancial de las políticas del estado mexicano hacia los grupos indígenas por buena parte del siglo XX (Díaz Polanco, 1990: 46). En este contexto, Bonfil Batalla apunta que si bien había antecedentes previos en la historia de México, resulta claro que la génesis del indigenismo del siglo XX se originó durante la década de la Revolución de 1910 (Bonfil, 1995: 295),[12] teniendo un papel primordial el balance e ideario sobre los grupos indígenas planteado en Forjando Patria (1916). De hecho, la influencia académica de Gamio, pero sobre todo la de corte político, tuvo alcances continentales en America Latina no sólo por su obra, sino también por su desempeño como funcionario de carácter internacional en el Instituto Indigenista Interamericano, organismo del que fue fundador (1942) y director por un largo periodo de tiempo (1942-1960) (Díaz Polanco, 1990: 46). Desde este espacio Gamio influyó abiertamente en la delineación de las políticas indigenistas de varias naciones latinoamericanas (Díaz Polanco, 2004: 152, 172), ejemplo contundente de esto fue el estímulo de este autor para la posterior creación de institutos nacionales indigenistas a lo largo del continente (Bagú y Díaz Polanco, 2003: 38). 
Antes de continuar, es preciso señalar algunas reflexiones metodológicas y en torno a la forma en que se plantea y aborda el presente trabajo. En función de las características del tema por abordar, en la elaboración de este texto se utilizó una estrategia metodológica múltiple, donde se articularon las disciplinas de la historia, la etnohistoria y la filosofía política. De la historia se retomó el principio de ubicar el contexto de la producción socio-histórica de la obra, es decir,  que el texto a analizar fue escrito por una persona con determinado baje cultural, un universitario con formación arqueológica y antropológica en México y Estados Unidos, perteneciente a una clase social determinada y con una postura ideológica precisa, marcada por una nacionalismo en ciernes. Lo anterior nos lleva a ver Forjando Patria como resultado de la acción humana de cierto individuo, perteneciente al grupo social de los académicos y funcionarios públicos que buscan edificar un proyecto de nación y enmarcado en una época histórica muy precisa, la parte final del proceso armado de la Revolución y los antecedentes de los debates sobre la construcción del proyecto nacional en el México posrevolucionario.
Es pertinente señalar que una perspectiva etnohistórica permitió abordar los difíciles y tensos vínculos entre los grupos con diversas tradiciones culturales que no siempre se encuentran en posibilidad de un diálogo equitativo. Se remarca el hecho de que Gamio, en Forjando Patria, retoma como uno de los ejes la relación entre los grupos indígenas, el estado y otros sectores de la población mexicana; los grupos indígenas son construidos y significados como alteridades, donde no siempre son valoradas sus diferencias socioculturales; también abre la vía para explorar cómo se dieron, al interior de las diversas secciones de la obra, los mecanismos de demarcación y semejanza entre los diversos grupos sociales. Y, finalmente, la filosofía política posibilitó reflexionar en torno a las relaciones de poder y desigualdad entre los grupos indígenas, el estado y otros grupos sociales; y esto principalmente a nivel de las representaciones que de los grupos indígenas se hace en los diversos capítulos Forjando Patria.[13]

3.- Forjando Patria. El ideario de la unidad como proyecto nacional en el pensamiento de Gamio.
            La importancia de Forjando Patria, dentro de la vida y obra de Gamio, reside en varios puntos: 1) el primero tiene que ver con el momento histórico en el que se publicó (1916), justo en la parte final de la etapa armada de la Revolución y previo a los inicios de la construcción del estado nacional y de la Constitución de 1917. En ese sentido, no pocas de las ideas de Gamio en dicha obra son antecedentes directos de los polémicos debates en torno al proyecto de nación de los variados grupos sociales e ideológicos de la época, quienes tomaron parte en los múltiples procesos que llevaron a la conformación de Partido Nacional Revolucionario (PNR), y que, además, coinciden en tiempo con la consolidación de algunos estados nacionales de Europa Occidental, denominado por algunos como los nacionalismos de entreguerras (Hobsbawn, 2000: 153). 2) También la relevancia de Forjando Patria radica en las ideas que plantea, particularmente respecto a los grupos indígenas en sus diversos ámbitos –educación, trabajo, formas de vida, arte, etc.- y el papel que desempeñará esta población en el naciente México posrevolucionario y en un país que estaba reconstituyéndose. 3) Además y no menos sustantivo, esta obra es el bastión inicial teórico y político de Gamio respecto a varios asuntos claves del país –educación, grupos indígenas, el arte mexicano, la política, la región entre otros- y prefigura cuál fue el ideario y proyecto que siguió tanto en su labor académica, como en el ejercicio de los múltiples cargos públicos –nacionales e internacionales- que desempeñó a lo largo de su vida profesional; particularmente en las instituciones y organismos cuya acción se avocaba a los grupos étnicos como la Dirección de Antropología de la Secretaria de Agricultura y Fomento y el Instituto Indigenista Interamericano. Aunado a esto, ya en Forjando Patria se encuentran la génesis y los principios de varias de las políticas oficiales que posteriormente se dirigirían a los grupos indígenas, y, que, en teoría, pretendían mejorar las condiciones de vida de estos grupos sociales marginados.  
Un caso relevante fue su labor como director en la Dirección de Antropología (1917-1924), donde, retomando lo planteado en el capítulo 3, “la dirección de la antropología”, de Forjando Patria[14] acerca de su teoría integral de la investigación, propuso un amplió método de investigación antropológica que se componía de tres pasos: 1) investigar a los indígenas en su entorno natural de vida; 2) indagar su desarrollo histórico desde las épocas más remotas hasta el presente; 3) resultado de estos estudios se proponía formular una política que mejorará las condiciones de vida de los grupos indígenas (Mendieta y Núñez Lucio, 1979: 62); dicho programa tuvo relevancia de alcance internacional y se volvió una experiencia ampliamente conocida (Starr, 1918).
Desde este marco conceptual y tras haber elaborado un primer intento de zonificación de los grupos indígenas del territorio nacional,[15] Gamio inicio en 1917 el estudio integral –antropológico, histórico, arqueológico- de una zona concreta, el Valle de Teotihuacán y su población indígena. Cinco años después (1922), Gamio público La Población del Valle de Teotihuacán,[16] obra de 3 tomos considerada un estudio pionero en la antropología y arqueología mexicana y premiada en la Exposición Internacional del Centenario de Río de Janeiro en 1922 y en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1930 (Mendieta y Núñez Lucio, 1979: 67-68); Bonfil Batalla, resalta este punto al señalar que este estudio sobre Teotihuacán “marca un hito en el desarrollo mundial de la antropología (Bonfil, 1995: 321)”. Así, la investigación sobre Teotihuacán fue considerada a nivel nacional e internacional como una de los trabajos pioneros de carácter integral, debido a que contemplaba las tres etapas históricas (prehispánica, colonial y principios del siglo XX) de la población del Valle y las abordaba desde diversas perspectivas de las ciencias sociales y naturales (Gamio, 1992: 18).      
            Por otro lado, es de importancia fundamental destacar que Forjando Patria, publicada en 1916, aborda, entre otros temas, las realidades sociales, económicas y culturales de los grupos indígenas previas a 1917. En este sentido, esta obra puede se también considerada como un diagnóstico de uno de los grupos socioculturales más numerosos y marginados de una época fundamental de la historia de México. Además, Forjando Patria no es una obra unitaria, en el sentido de un libro que a través de diversos capítulos o secciones encadenados unos entre otros por un hilo argumentativo, aborda un solo tema en sus diversos aspectos. Es una compilación de variados textos, algunos breves y otros no tanto, sobre múltiples temas: los grupos indígenas;[17] el arte, la literatura y la lengua en México;[18] la educación;[19] el trabajo;[20] la religión;[21] la política en México;[22] los extranjeros;[23] la cultura y tradición intelectual;[24] las ciencias sociales –en especial la antropología y la arqueología en México-[25] y la función y los caminos a seguir en la Revolución y el naciente estado nacional.[26] Cabe anotar que, por los menos dos de las secciones iniciales de esta obra (el capítulo 3. La dirección de antropología, y el capítulo 4. La redención de la clase indígena), fueron presentados y publicados como textos breves en Estados Unidos de manera previa a la impresión y difusión de Forjando Patria.[27]     
Cabe mencionar que Forjando Patria no está redactada como un compendio científico convencional, ni trata de elaborar reflexiones teóricas sobre los temas que toca. Tampoco es un andamiaje conceptual estructurado analíticamente, donde se organiza el texto a través de una tesis central o se procede de manera inductiva mediante casos. Se trata de una obra pensada para una gran audiencia y cuyo propósito es llegar a los diversos sectores populares y múltiples grupos sociales de la época. Este punto lo resalta Justino Fernández en el Prologo de la segunda edición de Porrúa de Forjando Patria al precisar que:
“Es difícil si no es que imposible reducir a un sistema de categorías el pensamientos de Gamio [en Forjando Patria], ya que ni él se lo propuso, no obstante que fue posando su mirada en muchos aspectos fundamentales de la vida y futuro de México, ni tendría sentido hacerlo. Los temas se entrelazan unos con otros, y esto es una de las virtudes del libro, de manera que no podrían desglosarse sin atropellarlos. De allí que sólo la lectura cabal de la obra pueda dar idea cabal de sus métodos y fines (Fernández, 1992: XI)”.

Así, se trata de un texto de amplio espectro pensado para un vasto público. Como el mismo Gamio señala en el prefacio:
“Sus conceptos no han sido especialmente acomodados a las idiosincrasias de la gleba, ni a la disciplina de castas intelectuales. Este libro es colectivo, es libro para todos, porque está inspirado en diversas clases sociales. Sus páginas no huyen a la crítica, pues están hechas de la carne y del alma del pueblo, justo y útil será que la mente popular las critique a su sabor (Gamio, 1992: 3)”.
 
Gamio, desde el inicio de la obra, apunta como una de las ideas centrales “la integración” –no violenta- al proyecto nacional de los grupos étnicos, quienes, a decir del propio autor, eran una porción considerable de la población total de México a principios del siglo XX. El proyecto de construcción nacional, según este autor, pasaba por una indispensable labor de homogeneización de los grupos sociales y de sus contextos socio-históricos. De ahí que, ya en el final del primer capítulo, habla de la urgente necesidad de un creciente mestizaje biológico y cultural de la población, en palabras del propio Gamio:
“Toca hoy a los revolucionarios de México empuñar el mazo y ceñir el mandil forjador para hacer que surja del yunque milagroso la nueva patria hecha de hierro [aquellos grupos con ascendencia española y su herencia en México] y de bronce [la población indígena] confundidos.
Ahí está el hierro… Ahí está el bronces… ¡Batid hermanos! (Gamio, 1992: 6)”.

En esta obra, la diversidad étnica, social y cultural del país se presentaba, si bien no necesariamente como un estigma, si como un obstáculo considerable para la consolidación de una “verdadera nacionalidad”. De ahí la insistencia del autor en que:
“El problema no está pues, en evitar una ilusoria agresividad conjunta de tales agrupaciones indígenas, sino en encauzar sus poderosas energías hoy dispersas, atrayendo a sus individuos hacia el otro grupo social que siempre han considerado como enemigo, incorporándolos, fundiéndolos con él, tendiendo, en fin, a hacer coherente y homogénea la raza nacional, unificando el idioma y convergente la cultura (Gamio, 1992: 10)”.  

Esta línea argumentativa de corte integracionista se mantiene a lo largo de los variados capítulos de la obra y a través del análisis de los diversos ámbitos de la vida de los grupos indígenas. Y la tarea de homogeneización en sus diversos niveles –demográfico, cultural, social, económico, étnico y lingüístico- aparece como un principio nodal dentro del proyecto de nación de Gamio:
“FUSIÓN DE RAZAS, CONVERGENCIA Y FUSION DE MANIFESTACIONES CULTURALES, UNIFICACIÓN LINGÜÍSTICA Y EQUILIBRIO ECONÓMICO DE ELEMENTOS SOCIALES, son conceptos que resumen este libro e indican condiciones que, en nuestra opinión, deben de caracterizar a la población mexicana, para que ésta constituya y encarne una Patria poderosa y una Nacionalidad coherente y definida (Gamio, 1992: 183)”.[28]
 
Cómo se observa en los textos citados de Gamio, una nación incluyente, que suponía la obligada incorporación activa de los grupos indígenas, era un proyecto de ardua forja y por construir, un ideario que era necesario llevar a cabo pues aún eran lugar distante e inaccesible. Como señala Villoro al respecto: “En Gamio encontramos todavía la idea de nacionalidad como una unidad por construir (Villoro, 2005: 253)”. Y la vía para arribar a la verdadera nacionalidad era la integración en diversos ámbitos –social, cultural, económico y demográfico-, lo que suponía entre otras cosas, mestizaje, cambio e intercambio cultural, incorporación social y económica. En este sentido, Villoro comenta que: “nacionalidad equivale para Gamio a mezcla y convergencia (Villoro, 2005: 253)”.   
No obstante, la integración era un sinuoso camino que implicaba fuertes modificaciones y que tendría que llevarse a cabo de manera paulatina y con cautela y que, en varios ámbitos, como el conocimiento científico y técnico tendría que dirigirse a los avances obtenidos por las naciones de Europa y América del norte. Para llevar a cabo este proceso de convergencia social, Gamio consideraba como un elemento fundamental el conocimiento científico y el entendimiento de la lengua, cultura y modo de vida de los diversos grupos indígenas (Gamio, 1992: 12).[29] Esto posibilitaría la construcción de un puente común hacía el proceso de unificación nacional. En este sentido, el filósofo Luis Villoro, al abordar el planteamiento de Gamio, comenta: “así, la occidentalización del indígena [especialmente en Forjando Patria] no deberá realizarse de golpe, no de manera violenta (Villoro, 2005: 240)”.[30] Y, en el mismo texto, un par de páginas más adelante, Villoro complementa y reitera respecto al planteamiento de Gamio:
“El proceso deberá ser pausado y orgánico, no violento. No se trata de imponerle bárbaramente la civilización más perfecta, por una especia de revolución violenta, sino de hacerlo ingresar en ella por medio de la exhortación, la educación y el trabajo continuado. Por eso tenemos que hablar su propio lenguaje, por eso respetaremos incluso sus métodos científicos primitivos, tratando de perfeccionarlos paulatinamente sin destruirlos de golpe (Villoro, 2005: 243)”.

Forjando Patria, enmarcado en el conjunto de la obra de Gamio y debido a sus alcances y temáticas, destaca como probablemente la obra más leída y conocida del autor. Si bien, en el contexto de la producción académica de dicho autor hay otras obras (como la población del valle de Teotihuacán, Mexican Immigration to the United States  y Consideraciones sobre el problema indígena) que resaltan por que abrieron ejes temáticos en la investigación y sin duda representaron aportes punteros en la antropología y la arqueología mexicana durante la primera mitad del siglo XX, la virtud de Forjando Patria es que delineó a mediados de la década de 1910, no sólo un amplio programa de investigación a seguir en las nacientes disciplinas antropológicas en el México posrevolucionario, sino también asentó la postura política-ideológica de un personaje clave para entender la relación entre el estado mexicano y los grupos indígenas de la pasada centuria; Forjando Patria es el ideario germinal de una sección fundamental del indigenismo de buena parte del siglo XX.
En este sentido, es conveniente resaltar y recordar que parte significativa de la vida profesional de Gamio fue su desempeño en cargos públicos nacionales e internacionales vinculados a los pueblos indígenas y desde donde formuló, operó y ejerció su acción indigenista. Gamio fue Director de la Dirección de Antropología de la Secretaria de Agricultura de México (1917-1924); Subsecretario de Educación Pública (1924-1925); Director general de Población Rural y Colonización en la Secretaria de Agricultura y Fomento (1934); Jefe del Departamento Demográfico de la Secretaría de Gobernación (1938-1942). En el ámbito internacional fue fundador en 1942 y director desde esa fecha hasta 1960 -año de su muerte- del Instituto Indigenista Interamericano. Así, se analiza e interpreta Forjando Patria porque fue el bastión teórico (académico) e ideológico sobre el cual Gamio fundó su labor como antropólogo, arqueólogo, funcionario público, pero sobre todo como ideólogo del naciente estado nacional respecto a las políticas indigenistas a seguir. Forjando Patria fue más que un texto pionero sobre los grupos indígenas destinado a un gran público. También fue una forma de praxis social mediante la cual Gamio no sólo asentaba su postura personal e ideológica-política sobre los grupos indígenas a principios del siglo XX, sino también mostraba las condiciones de vida de estos grupos socioculturales marginados. A pesar de su ambigua postura respecto a la diferencia cultural indígena, no se puede negar que para Gamio la mejoría de las condiciones materiales de vida de los indígenas era una necesidad nacional apremiante y que ya no se podía postergar más.  

4.- Génesis histórica del proyecto de nación en Gamio.
            Forjando Patria, si bien hace un balance de la situación de varios grupos sociales en el México –en especial de los pueblos indígenas- y está pensado como un radiografía de un país convulsionado por una enorme desigualdad y un proceso de cambio social violento –la Revolución-, también tenía un propósito político y práctico: la convergencia social, económica y cultural que hiciera posible la promesa de una nación unificada. Gamio expresa esto de manera precisa al señalar en el prefacio que su obra: “invita simplemente a buscar la verdad; intenta remover impulsos nacionalistas e ideas gestadoras de Patria (Gamio, 1992: 3)”. Y, hacia el final del texto y en el contexto del inminente final de la Revolución, reitera este sentido al afirmar que su obra tiene que ser entendida: “como una humilde contribución al resurgimiento nacional que se prepara (Gamio, 1992: 183)”. Según Gamio, la vía para lograr esto era un vasto proceso de convergencia social y cultural con cuatro grandes líneas de acción: (1) el encuentro de los diversos grupos sociodemográficos y el intercambio entre ellos (mestizaje); (2) la convergencia de las variadas manifestaciones culturales de las diversas regiones del país a fin de crear una sola cultura nacional compartida; (3) el uso efectivo de una sola la lengua; (4) y, por último, una mayor igualdad económica.[31] Para un trabajo posterior sería conveniente indagar si medidas similares se plantearon por intelectuales y científicos sociales para otros estados latinoamericanos –como Bolivia y Guatemala- que contaban con una significativa población indígena a principios del siglo pasado. Ahora bien, en el contexto de la ingeniera social de aquellos que, a principios del siglo XX, buscaba edificar un proyecto de nación en el país, Gamio ocupa un lugar importante en la medida en que fue, con la publicación de Forjando Patria (1916), uno de los antecesores directos de los debates ideológicos posrevolucionarios orientados a la reconstrucción del país con una nueva identidad nacional. Gamio, al igual que otros intelectuales de época, se proponía elaborar un proyecto en común a los diversos grupos sociales y culturales que vivían en el amplio territorio mexicano. Es interesante destacar que, a semejanza de Gamio y las medidas necesarias que planteó para su proceso de convergencia social, Hobsbawn, en una lectura genealógica e histórica de los estados-nacionales de Europa Occidental entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX,[32] encuentra que para varios de estos países la idea de la unidad lingüística – que suponía el establecimiento de una lengua nacional- y la supuesta homogeneización étnica eran rasgos fundamentales para identificarse como naciones porvenir (Hobsbawn, 2000: 109-140).[33] 
Regresando a Gamio y su proyecto nacional para México, las medidas que plantea (mestizaje, una cultural nacional homogénea, unidad lingüística y un bien estar material) eran condiciones necesarias para que México “constituya y encarne una Patria poderosa y una Nacionalidad coherente y definida (Gamio, 1992: 183)”.
            No obstante, es preciso señalar que el proceso de integración social para edificar la nación que Gamio propuso en 1916, y en el que los grupos indígenas tendrían un papel central,[34] no surge sólo en el contexto de la Revolución Mexicana, ni únicamente como resultado de una coyuntura de un drástico cambio social en el país. Por el contrario, el autor considera que esto tenía una larga génesis histórica y era una deuda pendiente a lo largo de las diversas etapas de la historia de México, desde la época de la Colonia había sido postergada en varios momentos históricos claves previos a la Revolución.
En este sentido, ya en el primer capítulo de Forjando Patria, Gamio apunta que en la conformación de América[35] y sus diferentes países –y a partir de la invasión española-, se podían identificar dos grandes grupos, o “razas” como las llama Gamio. Por un lado, aquellos grupos cuyo origen estaba en América y se remontaban mucho antes de la invasión europea en el siglo XV –a quienes Gamio denomina “raza de bronce (Gamio, 1992: 5)”-. Pero, por otra parte, también estaban los europeos –“la raza de hierro (Gamio, 1992: 5)”. El autor considera que, en el periodo prehispánico, los diversos grupos indígenas del continente estaban articulados en unidades regionales que, por tener condiciones biológicas y culturales similares,[36] probablemente hubieran tendido a la conformación de naciones. En palabras del propio Gamio: “Había pequeñas patrias: la Azteca, la Maya-Kiché, la Incásica…. que quizás más tarde se hubieran agrupado y fundido hasta encarnar grandes patrias indígenas, como lo eran en la misma época la patria China o la Nipona (Gamio, 1992: 5)”.
            No obstante, la invasión europea –sobre todo española para el caso de Latinoamérica- vino a dar al traste con el propio proceso histórico de organización política y social de los pueblos originarios de América. Gamio señala:
“No pudo ser así [la constitución de patrias indígenas en el nuevo continente]. Al llegar con [Cristóbal] Colón otros hombres, otra sangre y otras ideas, se volcó trágicamente el crisol que unificaba la raza [de América] y cayó en pedazos el molde donde se hacía la Nacionalidad y cristalizaba la Patria (Gamio, 1992: 5)”.
           
            La Conquista representó una fractura y un vertiginoso e irreversible proceso de cambio. En la época de la Colonia, Gamio precisa que emergieron nuevos intentos de convergencia social, “fraguas gestadoras de nobles impulsos nacionalistas (Gamio, 1992: 5)” que apuntaban a la creación de una patria. Sin embargo, este autor consideraba que estos proyectos, dirigidos por los criollos y descendientes de europeos –“los Ávila y los Pizarro” dirá Gamio (Gamio, 1992: 5)-, eran parciales, no incluían de manera efectiva a los grupos étnicos y sólo contemplaban aquellos grupos de origen hispano, “nada más se valían del acero de la raza latina, dejando apartado en la escoria el duro bronce indígena (Gamio, 1992:5)”. Así, durante esta época histórica los esbozos de patria estaban incompletos, carecían de la representatividad de los diversos grupos socio culturales del país y se basaban únicamente en un sector relativamente nuevo, el de cepa hispana (“la raza latina”).
            Posteriormente, la guerra de Independencia (1810-1821) implicó importantes cambios sociales y económicos, y dio lugar a un nuevo orden político y una etapa nueva de la historia del país; México no fue un caso aislado, y esta ola de transformaciones también impacto en varios puntos del continente. No obstante, el autor considera que, particularmente en el caso de México, este proceso fue llevado a acabo principalmente por los criollos y sólo beneficio aquellos con ascendencia del viejo continente. De ahí que Gamio señale:
“La independencia [de México], hay que decirlo de una vez sin reservas hipócritas, fue hecha por el grupo de tendencias y orígenes europeos y trajo para él la libertad y progreso material e intelectual, dejando abandonado a su destino al grupo indígena, no obstante que es el más numeroso y el que atesora quizás mayores energías y resistencias biológicas a cambio de su estancamiento cultural (Gamio, 1992: 10)”.

En la naciente vida del México independiente se busco la consolidación de una patria que, geográfica y territorialmente, correspondía a la división política de la Nueva España. Sin embargo, Gamio considera que este proyecto fue mal entendido, debido a que se basó fundamentalmente en los sectores sociales de origen hispano y se relego a los pueblos originarios. El esta situación de olvido y desigualdad perduró por prácticamente un siglo, hasta los inicios de la Revolución de 1910. Más, según este autor, este proceso de revolución social y política traía la posibilidad de un cambio estructural que diera un lugar distinto particularmente a los grupos indígenas en la historia del país, donde la convergencia social de los diversos grupos de México jugaría un papel clave en la nación que estaba por venir. Gamio es sumamente entusiasta y contundente al respecto:
“Toca hoy [1916] a los revolucionarios de México empuñar el mazo y ceñir el mandil forjador para hacer que surja del yunque milagroso la nueva patria hecha de hierro [de aquellos con antecedentes españoles y europeo y su herencia en México] y de bronce [la población indígena] confundidos.
Ahí está el hierro… Ahí está el bronces… ¡Batid hermanos! (Gamio, 1992: 6)”.




5.- Los grupos indígenas y su papel en el proyecto nacional de Gamio.
Así, Gamio veía en la Revolución de 1910 y su etapa posterior la posibilidad de retomar y llevar a buen termino –en el sentido de unificación de diversos sectores sociales- el proyecto de convergencia social (de “forjar patria”) que estaba inconcluso y que había sido postergado e irresuelto en otras etapas de la historia de México.[37] Era el momento de saldar una deuda histórica de larga gesta e incorporar activamente al destino nacional a grupos marginados y excluidos por siglos; Gamio, además, consideraba que los grupos indígenas harían aportaciones específicas al proceso de construcción nacional (Gamio, 1992: 19).[38] No obstante, para ello era indispensable la realización de investigaciones antropológicas integrales, que consideraran no sólo el aspecto etnográfico, sino también la historia, lengua y medio ambiente natural de los indígenas; esto permitiría entender a los grupos étnicos a fin de incorporarlos en el concierto nacional que se estaba gestando (Gamio, 1992: 15-19). 
En este sentido, Gamio era sumamente contundente al respecto y consideraba que:
“El desconocimiento [de los indígenas y su  historia y cultura] es un crimen imperdonable contra la nacionalidad mexicana, pues sin conocer las características y las necesidades de aquellas agrupaciones [indígenas] es imposible procurar su acercamiento y su incorporación a la población nacional (Gamio, 1992: 12)”.  

El autor consideraba que el gran problema para el estudio de los indígenas eran prejuicios infundados y de larga data. En el México de mediados de la década de 1910, Gamio resalta que había dos grandes posturas encontradas respecto a los grupos indígenas. Unos que consideraban a los indígenas “como una rémora para la marcha del conjunto [nacional], como un elemento refractario a toda cultura y destinado a desaparecer, como un campo estéril donde la semilla nunca germinará (Gamio, 1992: 23)”. El otro bando eran aquellos que realizaban obra indigenista, según Gamio los miembros de ese grupo:
“Enaltecen ilimitadamente las facultades del indio, lo consideran superior al europeo por sus aptitudes intelectuales y físicas. Dicen que si el indio no vegetara oprimido, ahogado, por razones extrañas, habría de preponderar y sobrepasarlas en cultura: Altamirano, Juárez y otros casos aislados de indios ilustres, son ejemplos que aducen para fundar sus opiniones (Gamio: 1992: 23)”.

Si bien Gamio se demarcaba de ambos bandos, si consideraba que no había diferencias sustanciales entre las capacidades intelectuales y físicas entre los indígenas y los grupos de ascendencia europea, pero si era conciente de las desiguales e inequitativas situaciones en que se encontraban cada uno de estos grupos. A decir de este autor:
“Naturalmente que ni unos [el bando de los detractores de los indígenas], ni otros [los que estaban a favor de los indígenas] están en lo justo. El indio tiene iguales aptitudes para el progreso que el blanco [el sector con ascendencia europea]; [el indígena] no es ni superior, ni inferior a él [el hombre blanco] (Gamio, 1992: 24)”.

De hecho, si se revertía la balanza de la historia, y si, junto al estudio de los grupos indígenas y a la mejoría de sus condiciones materiales de vida, se erradicaban las condiciones de explotación que habían padecido por siglos, los indígenas se incorporarían, a semejanza de otros grupos socio-culturales, a la cultura nacional que estaba por surgir (Gamio, 1992: 24).[39] Es preciso mencionar que, si bien Gamio en general habla de dos grandes grupos sociales (el indígena y el origen europeo), se percataba de que cada uno de estos grupos, no obstante que tenían características comunes al interior de si mismos, también presentaban diferencias internas; particularmente dentro de los indígenas como un gran conglomerado, el autor reconocía que había diversos grupos: los Mayas, los Yaquis, los Huicholes, entre muchísimos otras. Ahora bien, en la caso de Gamio encontramos una representación ambigua respecto a los indígenas. Herencia de su formación boasina en la crítica a la idea la superioridad de un grupo humano sobre otro, este autor consideraba que los indígenas tenían similares aptitudes intelectuales y físicas –para el progreso- que los sectores con ascendencia europea. No obstante, cuando describe las características étnico-sociales del indígena encontramos una significativa ambigüedad y fuertes cargas de juicios de valor, que rayan en la inconsistencia y, a veces, en la contradicción. Respecto a los atributos positivos, Gamio encuentraba como rasgos distintivos del indígena una “asombrosa vitalidad”, “una naturaleza anti-morbosa”, además encomiaba el gran rendimiento de estas unidades humanas en relación a su alimentación, por último, reitera que tenían “aptitudes intelectuales comparables a las de cualquier raza (Gamio, 1992: 21)”. Pero también destacaba varias características negativas del indígena: “es tímido, carece de energías y aspiraciones y vive siempre temeroso de los vejámenes y del escarnio de la “gente de razón”, del hombre blanco. Aún macula su frente el verdugón que alzará la bota ferrada del Castella conquistador (Gamio, 1992: 21)".
De las características descritas, es relevante destacar que varios de los atributos positivos descritos por Gamio se asocian más a la condición biológica del hombre, que a su parte psíquica: la “asombrosa vitalidad” y un “fuerte rendimiento” se vinculan más al cuerpo, que a la racionalidad del hombre. Respecto al otro polo, la carga negativa, también es de notar que al indígena se le adjudique la falta de aspiraciones, cuando es un rasgo fuertemente asociado a la facultad de la conciencia y al “deseo de progreso”. Además, no deja de llamar la atención el que, en el indígena, coexistan características contradictorias y excluyentes entre sí, como sería la presencia, al mismo tiempo, de “una asombrosa vitalidad” y del “carecer de energías y aspiraciones”. En el contexto de los viejos binomios conceptuales dicotómicos de “naturaleza-cultura” y “cuerpo-alma” de la tradición occidental que han delineado parte importante de la Antropología y de las Ciencias Sociales del siglo XX, ya sea de manera implícita o velada, la idea de Gamio sobre el indígena se decanta más del lado de la naturaleza y el cuerpo, que de la parte cultural y la mente. Con lo que el indígena, de facto, estaba más cerca de su condición biológica primaria.
Dentro de la economía política de las representaciones sobre los indígenas de Gamio, particularmente destaca el lugar de la civilización indígena respecto a la europea en lo concerniente al ámbito de la ciencia y la tecnología. Ahí no hay lugar a dudas y surge sin tapujos un esquema clasificador evolucionista donde, contrario al legado bosiano aprendido en la Universidad de Columbia, Gamio asevera que las sociedades indígenas se encuentran a la saga, atrasadas, mientras que las sociedades con grupos europeos se encuentran a la vanguardia y más avanzados por ordenar su vida de acuerdo a la ciencia y los avances tecnológicos; en este punto los indígenas son medidos desde sus carencias y por la distancia, artificialmente construida desde la perspectiva del antropólogo, que los separa de otros sectores sociales. Así los grupos indígenas son definidos en sentido negativo conforme a los patrones culturales de otros grupos humanos. Las siguientes palabras de Gamio no dejan lugar a dudas respecto a lo dicho previamente:
“La civilización indígena, además de ser retrasada con relación a la occidental, no estaba sistematizada, no formaba escuela, la guardaban y cultivaban las masas, no tenía vulgarizadores profesionales, se le dejaba propagarse espontáneamente. En cambio, la cultura europea, además de presentar un grado evolutivo más avanzado, era difundida metódica y científicamente, si cabe la expresión y si se consideran la época y las circunstancias (Gamio, 1992: 97)”.

Y en ese mismo sentido, en una página anterior menciona:
“Puede concluirse que el indio posee una civilización propia, la cual, por más atractivos que presente y por más alto que sea el grado evolutivo que haya alcanzado, está retrasada con respecto a la civilización contemporánea, ya ésta, por ser en parte de carácter científico, conduce actualmente a mejores resultados prácticos, contribuyendo con mayor eficacia a producir bienestar material e intelectual, tendencia principal de las actividades humanas (Gamio, 1992: 96)”.            

Ahora bien, otro punto en el que se cuela el esquema evolucionista de Gamio tiene que ver con el camino que plantea para que los grupos indígenas salgan de las condiciones en que se encontraban en la década de 1910. El autor consideraba que el cambio no vendría de los propios indígenas, sino que sería necesaria la intervención de agentes externos, quienes, sin decirlo abiertamente Gamio, serían parte del otro grupo social.
“[El indígena] No despertará espontáneamente. Será menester que corazones amigos laboren su redención.
La magna tarea debe comenzar por borrar en el indio la secular timidez que lo agobia, haciéndole comprender de manera sencilla y objetiva, que ya no tiene razón de ser su innato temor, que ya es hermano, que nunca más será vejado. Para inculcar en su cerebro este civismo elementarísimo, serán precisos laboriosos esfuerzos (Gamio, 1992: 22)”.

Las palabras previas sugieren una infantilización, así como una visión de dependencia, de carencia de la facultad discernimiento y de una prácticamente nula agencia de los grupos indígenas. Explicita o implícitamente, se les imputa la falta de capacidad para decidir qué es lo que les conviene y actuar en consecuencia. Por otro lado, el integracionismo velado y paulatino de Gamio, desde cierto punto de vista, podría interpretarse como el intento de direccionar el cambio en la historia de los grupos indígenas hacía cierta etapa de la sociedad occidental, donde la ciencia y la tecnología sean ejes rectores de la vida social. Lo que suponía que, para que los indígenas “formaran parte” y “fueran incluidos” en una “sociedad más avanzada y con una nacionalidad definida”,  dejaran de realizar  buena parte de las prácticas sociales que los definían y conservaran sólo algunos de sus rasgos culturales, lo menos discordantes con el nuevo proyecto. Para ser considerados e incluidos, tenían que dejar de ser como eran.     
Para mediados de la década de 1910, Gamio consideraba que aún en México no se había constituido una “nacionalidad definida e integrada (Gamio, 1992: 8)” que abarcara la totalidad del territorio del país. En su lugar había “pequeñas patrias” que, a decir del autor, se podían clasificar en dos grandes rubros: (1) Aquellas que únicamente contaban con población indígena. Era el caso de patrias como la Maya, Yaquí, Huichol, entre otras; agrupaciones que Gamio consideraban tenían “un nacionalismo claramente definido y caracterizado por sus respectivas lenguas, manifestaciones culturales y naturaleza física (Gamio, 1992: 12)”.
(2) Las otras patrias eran en las que sí se daba la convergencia social entre los grupos étnicos y los sectores de origen hispano; patrias caracterizadas, según Gamio, por “la fusión armónica de la raza indígena y de la raza de origen europeo (Gamio, 1992: 12)”. El ejemplo apoteósico de esto era Yucatán,[40] que, a su vez y a decir de Gamio, presentaba con suma claridad las tres características distintivas del nacionalismo: (1) la “homogeneidad racial (Gamio, 1992: 13)”, también denominada “unificación del tipo físico” o “fusión de razas (Gamio, 1992: 13)”;[41] (2) una lengua o idioma en común (Gamio, 1992: 13); (3) y, finalmente, manifestaciones culturales compartidas, las costumbres, que en el caso yucateco pasaban por la uniformidad de la indumentaria, el uso de la hamaca, el regionalismo musical y de baile y el aseo o ablución diaria (Gamio, 1992: 13-14). Yucatán, a pequeña escala, era un ejemplo de hacia donde tendría que dirigirse la reconstrucción de México después de la Revolución de 1910, y en su búsqueda de consolidarse como una patria con una nacionalidad definida. De hecho, Gamio, al analizar previamente cuales países se habían constituido como naciones consolidadas a principios del siglo XX, descubrió en Alemania, Francia y Japón tres características que las hacen acreedoras de una “nacionalidad definida e integrada (Gamio, 1992: 8)”, y que coincidían prácticamente con los rasgos descritos para Yucatán y las patrias indígenas como los Yaquis. A decir de Gamio, las condiciones para que un país tuviera una nacionalidad definida e integrada eran las siguientes:
“1°) Unidad étnica en la mayoría de la población, es decir, que sus individuos pertenezcan a la misma raza o a tipos étnicos muy cercanos entre sí. 2°) Esa mayoría posee y usa un idioma común, sin perjuicio de poder contar con otros idiomas o dialectos secundarios. 3°) Los diversos elementos, clases o grupos sociales ostentan manifestaciones culturales del mismo carácter esencial por más que difieren en aspecto e intensidad de acuerdo con las especiales condiciones económicas y de desarrollo físico e intelectual de dicho grupos. En otros términos, con variación en cuanto a forma, la mayoría de la población tiene iguales ideas, sentimientos y expresiones del concepto de lo estético, de lo moral, de lo religioso y de lo político (Gamio, 1992: 8)”.[42]

Aquí destacan dos puntos importantes. Por un lado, el modelo de nación que Gamio toma es fundamentalmente de cepa occidental europea; aunque no deja de ser sumamente interesante y sugerente la mención de Japón. Lo cual contrasta tanto con las diversas críticas que Gamio hacía del colonialismo intelectual de ciertas elites en el poder en México, como con la idea de crear una cultura nacional basada en la historia del país. Puede decirse, de manera muy reduccionista y plástica, que toma un esquema conceptual de organización social (un molde) extranjero para llenarlo con los contenidos socioculturales de México. Por otra parte, destaca que la caracterización de Gamio de una “nacionalidad definida e integrada” a partir de los rasgos de la unidad étnica, de una lengua en común y de elementos culturales compartidos, coincide en cierta medida con lo que apunta Hobsbawn sobre algunos de los nacionalismos europeos de corte étnico-lingüístico de finales del siglo XIX y principios del XX (Hobsbawn, 2000). Particularmente la semejanza reside en que en ambos casos se utilizan, a través de mecanismos de ingeniera social realizados por ciertos grupos en el poder, ciertos rasgos de la población o de sus prácticas culturales para crear un imaginario social de unidad (un “nosotros”) entre los diversos grupos dentro de un país (Hobsbawn, 2000: 103-133). En cierta media, Gamio estaba a favor de la construcción de una cultura nacional que, basada en una lengua efectivamente hablada por todos los habitantes –el español- y en un creciente mestizaje, se elaboraría a partir de los contenidos históricos que había marcado la existencia de México desde la Conquista española y la época prehispánica hasta la Revolución.               

5.- Conclusiones.
            En un ejercicio de articulación de lo expuesto a lo largo del texto se resaltan algunas ideas a manera de cierre. 1) El primer punto tiene que ver con Gamio y su formación antropológica. La postura de Gamio, basada fuertemente en un “integracionismo” paulatino respecto a los grupos indígenas, se contrapone con la visión del particularismo histórico que había aprendido de Boas (1909-1911). Para Boas, desde su crítica al evolucionismo y a la idea de la supremacía de un grupo humano sobre otros, los indígenas y sus culturas tenían que ser entendidos y respetados desde su diferencia histórica y social. En cambio, Gamio abogó por un proceso de incorporación de los grupos indígenas a la construcción de la nación mexicana, que si bien supondría la mejoría de sus condiciones materiales de vida, también implicaría dejar varias de sus prácticas distintivas y constitutivas, en aras de una cultura en común.
2) Gamio intento trascender los prejuicios que sobre los grupos indígenas tenían varios sectores de la sociedad mexicana en la década de 1910, aseverando en repetidas ocasiones que el indígena tenía iguales aptitudes que el hombre blanco. También hay que hacer justicia a Gamio y resaltar que reiteradamente abogó por la mejoría de las condiciones materiales de vida de los grupos indígenas. Sin embargo, su representación sobre los indígenas es ambigua, y, en ocasiones, contradictoria. Especialmente destaca el que a los indígenas les restara capacidad para decidir por sí mismos y aseverara la necesidad que tenían de ayuda externa para salir de su ominosa condición. En este sentido, es también importante recordar que, en varias secciones del texto, Gamio subrepticiamente inserta un esquema evolucionista al afirmar que las civilizaciones indígenas se encontraban “retrasadas” respecto a la civilización europea, particularmente en lo relativo al ámbito del conocimiento científico y el desarrollo tecnológico.   
3) Por otro lado, sin duda falta trazar con mucho mayor detalle los diversos aspectos del proyecto de nación de Gamio; este fue, apenas, un esbozo muy general. Además, una cuestión pendiente de este texto sería indagar la relación de la postura de Gamio con las perspectivas de otros autores mexicanos posteriores que también tomaron parte en el debate posrevolucionario de construcción de nación, principalmente durante la década de 1920. Quizás un ejercicio de particular importancia sería explorar las relaciones entre Forjando Patria (1916) y la Reza Cósmica (1925) de Vasconcelos. En este mismo sentido, también sería fructuoso ahondar en las relaciones entre el proyecto de nación de Gamio y el ideario político de los nacionalismos occidentales de las últimas dos centurias, especialmente a través de la genealogía que Hobsbawn elabora de los nacionalismo europeos de finales del siglo XIX y principios del XX (Hobsbawn, 2000).            
                    4) Finalmente, la perspectiva de Gamio respecto a la nación, tanto por su postura integracionista, como por su aseveración sobre la necesidad de construir una cultura nacional común a todos, corresponde más al esquema mono lineal de “una nación en un estado”. Sin embargo, dado su formación antropológica en el particularismo histórico boasiano, Gamio, hipotéticamente, tuvo elementos teóricos y etnográficos para adentrarse a la formulación de un estado multinacional (un estado con varias “patrias chicas” o “nacionalismos” en su interior). Lo cual, sin duda, hubiera estado más acorde con una perspectiva antropológica respetuosa de los diversos grupos humanos y de su diferencia sociocultural constitutiva. En los hechos y los textos, la situación era distinta. Para Gamio nación significaba la necesidad de unidad y homogeneidad en los diversos ámbitos de la vida social del país: demográfico, cultural, étnico, económico, lingüístico. La diversidad étnico-lingüística-cultural del territorio mexicano, en lugar de concebirse como una fuente de la riqueza humana, era vista como un obstáculo.                            
              



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[1] Guillermo Castillo es maestro y doctor en antropología por el IIA-UNAM. Sus líneas de trabajo giran en torno a los grupos indígenas, migración étnica e historia de la antropología mexicana. El presente texto se enmarca dentro del proyecto posdoctoral que actualmente realiza en el Departamento de Desarrollo e Investigación en Comunicación y Estudios Culturales, de la FES-Acatlán-UNAM, con la asesoría del Dr. Pilatowsky Braverman. 
[2] Los debates posrevolucionarios entre grupos sociales de variadas tendencias políticas durante la década de 1920 fueron un fuerte sustrato ideológico que impactaría el ideario político del Partido Nacional Revolucionario (PNR), fundado en 1929 por Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Rubio Ortiz entre otros.
[3] Particularmente, en los sectores de izquierda, hubo varios artistas que participaron activamente en la construcción del proyecto nacional, especialmente en lo relativo a la creación de una cultura nacional popular. Tales fueron los casos de los muralistas David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Diego Rivera, Carlos Mérida, Xavier Guerrero, Ramón Alva Guadarrama y de pintores como Fermín Revueltas, Germán Cueto y Frida Kahlo. Muchos de los artistas mencionados militaron abiertamente en partidos comunista mexicano.
[4] A lo largo de Forjando Patria, Gamio recurre a ambos términos por igual, sin dar una clara definición de si significan lo mismo y son sinónimos para él o si, por el contrario, había diferencia entre ellos. No obstante, ya en el capítulo dos de esta obra encontramos un esbozo del término de nación a través de lo que, según Gamio y en referencia a las características de países como Alemania, Francia y Japón durante principios del siglo XX, caracteriza a la “verdadera nacionalidad (Gamio, 1992: 8)” o la “nacionalidad definida e integrada (Gamio, 1992: 8)”.
[5] En este sentido, conviene recordar las palabras de Boas en el prefacio de su obra (1938) Cuestiones fundamentales de Antropología cultural, pues resumen un parte sustancial de la postura de este autor respecto al evolucionismo, al concepto de raza y a la idea de la superioridad de alguna grupo humano en especial. Así, Boas dice: “No existe una diferencia fundamental entre los modos de pensar del hombre primitivo y civilizado. Una estrecha relación entre la raza y la personalidad nunca fue establecida. El concepto de tipo racial como se utiliza comúnmente, aún en la literatura científica, es falso y requiere una redefinición, tanto lógica como biológica (Boas, 1964:17)”.  
[6] Al respecto de la crítica del evolucionismo y de resaltar la diferencia cultural sin tratar de medir a unos pueblos con parámetros socioculturales de otros grupos humanos, conviene precisar que Gamio guardaba una postura más ambigua que Boas. Si buen Gamio resaltaba y encomiaba varias de las prácticas culturales de los pueblos indígenas de México –por ejemplo el arte-, también consideraba que los grupos étnicos estaban “retrasados” respecto a la civilización occidental, particularmente respecto al conocimiento científico y la tecnología; varios de los términos que emplea Gamio introducen de facto, e implícita y explícitamente, una perspectiva muy similar a un evolucionismo atenuado. En este sentido, las siguientes palabras de Gamio son bastante elocuentes al respecto: “En cambio, la cultura europea [respecto a la indígena], además de presentar un grado evolutivo más avanzado, era difundida metódica y científicamente, si cabe la expresión y se consideran la época y las circunstancias (Gamio, 1992: 97)”.  De hecho, una postura antievolucionista y de respecto a la diferencia sociocultural –característica de la perspectiva boasina del particularismo histórico- no es coherente, y, de facto, choca con la vertiente del integracionismo paulatino de Gamio en Forjando Patria.     
[7] En este sentido, Gamio al hablar, en Forjando Patria, sobre necesidad de la creación de una “Dirección de Antropología”, resalta que la función de tal dirección sería llevar acabo una investigación holística, que tuviera por cometido “el estudio de la población nacional desde los siguientes puntos de vista y de acuerdo con un depurado criterio antropológico: 1° Cuantitativamente: Estadística. 2° Cualitativamente: Tipo físico, idioma y civilización o cultura. 3° Cronológicamente: Periodo precolonial, colonial y contemporáneo. 4° Condiciones ambientales: Fisiobiología regional (Gamio, 1992: 18)”. Posteriormente, se fundó en 1917 la Dirección de Antropología, que dependía de la entonces Secretaria de Agricultura y Fomento. Gamio estuvo al frente de la Dirección de 1917 a 1925, y desde ahí implementó su método de investigación integral que, entre otros productos, dio como resultado la ya clásica obra de La Población del Valle de Teotihuacán.
[8] Mendieta y Nuñez comenta que este método consistía en tres ejes: “(1) en estudiar a los grupos indígenas en su medio físico; (2) en estudiar su evolución histórica desde los tiempos más remotos hasta la actualidad; (3) en derivar de este estudio una política de elevación y mejoramiento de los grupos considerados (Mendieta y Núñez, 1979: 62)”. 
[9] Vasconcelos escribió obras que se volvieron clásicos de la cultura mexicana como La Raza  Cósmica (1925) y el Ulises Criollo (1936); también en encontramos otros textos como Discursos 1920-1950 (1950) y Filosofía Estética (1994), que no son tan conocidos. Cabe señalar que Vasconcelos también fue rector de la Universidad Nacional con el triunfo de Obregón, posteriormente se desempeñó como Secretario de Educación Pública (1921-1924) y fue candidato presidencial (1929).  
[10] Dentro de las obras más relevantes de Gamio, aparte de Forjando Patria (1916);
La Población del Valle de Teotihuacán (1922) y Consideraciones sobre el Problema Indígena (1948), también destacan sus dos trabajos sobre la migración Mexicana a Estados Unidos: Mexican Immigration to the United States (1931) y The Mexican Immigrant, His Life Story (1931); ambos publicadas en la universidad de Chicago, EU y posteriormente traducidas al español; por esa misma casa editorial también público de manera previa Aspects of Modern Civilization (1926). Otro de sus trabajos relevantes fue Hacia un México Nuevo, problemas sociales (1935).
[11] En el texto De eso que llaman antropología mexicana (1970), que, hasta la década de 1970 y ahora ya convertido en un clásico dentro de la historia de la disciplina, aborda, entre otros temas el desarrollo de la antropología mexicana en el siglo XX y uno de los inicios del recorrido es Gamio. Por otro lado, para ver un breve recorrido del “indigenismo” –oficial- en el siglo XX –hasta la década de 1960-, se puede consultar: Cazés, Daniel (1966). “Indigenismo en México: pasado y presente”, en Revista Historia y Sociedad, núm. 5, primavera, México.
[12] Respecto al origen y consolidación del indigenismo oficial del siglo pasado Bonfil abunda: “Aún admitiendo la existencia de antecedentes coloniales y del siglo XIX, parece indiscutible que el indigenismo mexicano contemporáneo debe reconocer en la Revolución de 1910 su punto de partida, el inicio de su forja. La intención, las ideas fundamentales y las modalidades de la práctica indigenista se comprenden mejor si se las contempla al lado de la reforma agraria, la educación rural y el movimiento intelectual nacionalista, que alcanza su expresión más cabal durante el periodo cardenista (Bonfil, 1995: 295)”.
[13] Para este caso, el trabajo de crítica de fuentes es de fundamental importancia para adentrarse en esta obra de Gamio y en este mismo sentido, se plantea una deconstrucción (peinar a contrapelo) del texto de Gamio. Por otra parte, reconociendo la diversidad temática de la obra, se parte de considerar que este trabajo histórico, más que un texto con un hilo argumentativo en función de un sólo tema, está compuesto de pequeños, desiguales y diversos trabajos, que no todos compagina del todo entre sí. Debido a esta situación, se plantea abordar con mayor énfasis ciertos capítulos de Forjando Patria, justo aquellas secciones en las que se aborda directamente a los grupos indígenas, su historia, su caracterización, así como su relación con el estado y otros grupos sociales. Dentro de esto, un papel especialmente relevante tienen los apartados que abordan el futuro y el lugar que tendrán los grupos indígenas en la construcción del estado nacional –según Gamio-, así como las propuestas políticas de acción que Gamio plantea al respecto. En ese sentido, revisten principal interés los capítulos 1, 2, 4, 5, 7, 15, 16, 17, 18, 23, 24, 25, 26, 31, 33, 34, así como las secciones de “Resumen” y el “Apéndice final”.
[14] El capítulo 3 de Forjando Patria, cuyo título es “la dirección de la antropología (Gamio 1992: 15-19)”, fue la conferencia que Gamio presente en el 2do Congreso Científico Panamericano en Washington, EU, en 1916. En dicho Congreso Gamio propuso la creación de una nueva institución, la Dirección de Antropología, en todos los estados nacionales del continente con el propósito de investigar las realidades sociales y los problemas de cada país (Mendieta y Núñez, 1979: 59).
[15] Desde su labor en la Dirección de Antropología, Gamio, en un primer intento y según los diversos grupos indígenas, identificó diez zonas: 1) México, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala; 2) Chihuahua y Coahuila; 3) Baja California –norte y sur-; 4) Sonora y Sinaloa; 5) Yucatán y Quintana Roo; 6) Chiapas; 7) Tabasco; 8)Veracruz y Tamaulipas; 9) Querétaro y Guanajuato; 10) Jalisco y Michoacán (Mendieta y Núñez, 1979: 65).   
[16] Gamio, Manuel (1922). La Población del Valle de Teotihuacán. Talleres Gráficos de la Nación, México.
[17] En los capítulos 2 (La redención de la Clase Indígena) y 5 (Prejuicios sobre la Raza Indígena y su Historia) se toca de manera central el tema de los grupos indígenas; cabe señalar que este tema surge recurrentemente en otros capítulos (Gamio, 1992: 209). 
[18] Este tema se toca en los siguientes capítulos: 9.La Obre de arte en México; 10. El concepto de arte prehispánico; 11. El arte y la ciencia después del movimiento independentista; 12. La dirección de Bellas Artes; 23. El idioma y el país; 24. Literatura nacional y 32. El departamento editorial (Gamio, 1992: 209-210).
[19] Esta línea temática se toca en el capítulo: 31. La educación integral (Gamio, 1992: 210).
[20] Este tópico se encuentra en los capítulos: 27. La capacidad de trabajo; 28. La industria Nacional (Gamio, 1992: 210).
[21] Esta línea temática se toca en los capítulos: 19. Nuestra transición religiosa; 20. Nuestros católicos (Gamio, 1992: 209).
[22] Este tópico se encuentra en los capítulos: 2. Las patrias y nacionalidades de la América Latina; 16. Revisión de las Constituciones Latinoamericanas; 17. La política y sus valores y 18. La política y sus valores (Gamio, 1992: 209).
[23] Esta línea temática se toca en los capítulos: 29. El metalismo yanki y el mexicano; 30. España y los españoles (Gamio, 1992: 210).
[24] Este tópico se encuentra en los capítulos: 21. Nuestra cultura intelectual; 22. El concepto cultural; 23. El Idioma y el país y 26. El escudo nacional (Gamio, 1992: 209-210).
[25] Esta línea temática se toca en los capítulos: 3. La dirección de antropología; 6. Sociología y gobierno; 7. El conocimiento de la población; 8. Algunas consideraciones sobre estadística; 11. El arte y la ciencia después del movimiento independentista; 13. No hay prehistoria mexicana; 14. Concepto sintético de arqueología y 15. Aspecto de historia (Gamio, 1992: 209).
[26] Este tópico se encuentra en los capítulos: 1. Forjando patria; 33. La lógica de la Revolución y 34. Urge obra nacionalista (Gamio, 1992: 209-210).
[27] El capítulo 3. La dirección de antropología fue presentado en el 2do Congreso de Científico Panamericano, en Washington, EU, en 1916 (Gamio, 1992: 15). Por otro parte, el capítulo 4. La redención de la clase indígena, fue publicado en la revista Modern Mexico, en Nueva York, en la edición correspondiente a marzo de 1907 (Gamio, 1992: 21).
[28] La parte del párrafo en mayúsculas está así en la versión consultada de Forjando Patria.
[29] Así, Gamio afirma que: “Este desconocimiento [de los grupos indígenas] es un crimen imperdonable contra la nacionalidad mexicana, pues sin conocer las características y las necesidades de aquellas agrupaciones es imposible procurar su acercamiento y su incorporación a la población nacional (Gamio, 1992: 12)”.
[30] Posteriormente Villoro abunda sobre esta idea de la gradual “inserción” del indígena a la naciente sociedad nacional posrevolucionario de la que Gamio habló con profusión en Forjando Patria: “Habrá que tener siempre respecto hacia la peculiaridad de la cultura indígena, tratar de hacerla progresar sin sujetarla arbitrariamente a nuestra mentalidad y cultura. Intentaremos adaptar los sistemas sociales y educativos que los rigen a sus características propias; procurar su evolución pausada, sin violencias (Villoro, 2005: 240)”.   
[31] En este sentido, conviene recordar las palabras finales de Gamio en el parte final de Forjando Patria, pues son una muestra de cual era el proceso de cambio sociocultural hacia el que él apuntaba, y que, a su juicio, era indispensable para alcanzar la unidad nacional. Así, Forjando Patria cierra con las siguientes palabras: “FUSION DE RAZAS, CONVERGENCIA Y FUSION DE MANIFESTACIONES CULTURALES, UNIFICACIÓN LINGÜÍSTICA Y EQUILIBRIO ECONÓMICO DE ELEMENTOS SOCIALES, son conceptos que resumen este libro e indican condiciones que, en nuestra opinión, deben de caracterizar a la población mexicana, para que ésta constituya y encarne una Patria poderosa y una Nacionalidad coherente y definida (Gamio, 1992: 183)”.
[32] Hobsbawn, en la elaboración de una genealogía histórica sobre la génesis y constitución de varios de los nacionalismos de Europa occidental de finales del siglo XIX y principios del XX, pone en tela de juicio el uso generalizado de un concepto de nación de corte esencialista y a-histórico. Lejos de pensar que la idea de nación es un molde que se repite, el autor muestra las complejas relaciones entre nación, estado, lengua, etnía y raza en los procesos concretos de varios países del viejo continente (Inglaterra, Francia, España, Italia, Alemania, entre otros) (Hobsbawn, 2000).
[33] Hobsbawn, al hacer referencia sobre la manera en que el nacionalismo de 1880-1914 se diferenciaba del nacionalismo de Mazzini, argumenta: “En segundo lugar, y a consecuencia de esa multiplicación de naciones “no históricas” en potencia, la etnicidad y la lengua se convirtieron en criterios centrales, cada vez más decisivos e incluso únicos de las nación en potencia (Hobsbawn, 2000: 112)”.
[34] La importancia que Gamio a tribuía a los grupos indígenas en el proceso de la construcción de la nueva etapa de México como país, no sólo residía en todas la potencialidades que los indígenas en tanto grupo oprimido no había podido desplegar, sino también en que, según Gamio, para mediados de la segunda década del siglo XX, los indígenas eran una considerable mayoría en términos demográficos. Según lo que expone Gamio en uno de los primeros capítulos de Forjando Patria, los grupos indígenas representaban el grupo más números, teniendo entre ocho y diez millones de personas, mientras que el autor estima que había entre seis y cuatro millones de personas de origen europeo (Gamio, 1992: 9),  sin especificar cuanto eran mestizos y cuando hijos directos de Europeos.  
[35] Cabría precisar que al hablar de América Gamio parece referirse principalmente a Hispanoamérica, pues en pocas ocasiones hace a alusión a la América de influencia anglosajona o francesa.
[36] En este sentido y para el contexto preciso de etapa prehispánica de la historia de América, conviene precisar las condiciones que Gamio contemplaba como la base para la creación de naciones indígenas: “Cuando al brazo moreno de los Atahualpas de los Moctezumas llegó la vez de mezclar y confundir las pueblos, liga milagrosa estaba consumándose: la misma sangre hinchaba las venas de los americanos y por igual senderos discurría su intelectualidad (Gamio, 1992: 5)”.
[37] En este sentido, en la sección final de Forjando Patria, Gamio reitera que la Revolución de 1910 era el momento histórico para llevar cabo un proyecto nacional más incluyente que se tradujera en la mejoría de las condiciones de vida de la gran mayoría de la población, y, que, además, incluiría de manera activa en la elaboración de esta obra de ingeniería social a diversos grupos sociales, anteriormente marginados. Al respecto Gamio escribe: “La última [la Revolución de 1910], la más intensa de las Revoluciones que durante un siglo han conmovido a la población de la República, se apresta a resolver los múltiples problemas que entraña la conquista del bienestar nacional, ya que las demás [Revoluciones, como la Independencia] fracasaron en tal empeño, puesto que no han logrado establecer definitivamente ese bienestar.
A los mexicanos de buena fe, asiste del derecho y obliga el deber de colaborar en esa nobilísima tarea apenas iniciada, a fin de construir las bases sólidas que sustentarán en el futuro la obra perdurable y gloriosa del engrandecimiento nacional (Gamio, 1992: 183)”.
[38] Gamio consideraba que después de un indispensable proceso de conocimiento –a través de estudios antropológicos integrales- de los grupos indígenas, sería más fácil el proceso de convergencia social, y, a partir de ahí, harían contribuciones a la patria. De hecho, el autor pensaba que cuando “hayan sido incorporadas a la vida nacional nuestras familias indígenas, las fuerzas que hoy oculta el país en estado latente y pasivo, se transformaran en energías dinámicas inmediatamente productivas y comenzará a fortalecer el verdadero sentimiento de nacionalidad, que hoy apenas existe disgregado entre grupos sociales que difieren en tipo étnico y en idioma y divergen en cuanto a concepto y tendencias culturales (Gamio, 1992: 18)”.
[39] En este sentido, Gamio consideraba que la historia que los grupos indígenas habían vivido desde la Conquista hasta la Revolución, era una de las causas fundamentales para entender su situación actual, y, según él, su reticencia a la convergencia con otros grupos sociales. Es importante destacar que Gamio si ubicaba a los grupos indígenas, no sólo como marginados, sino también y fuertemente como sectores explotados. Las siguientes palabras son sumamente ilustrativas al respecto: “Si el peso abrumador de los antecedentes históricos desaparece, que desaparecerá cuando el indio no recuerde ya los tres siglos de vejaciones coloniales y los cien años de vejaciones “independentistas” que gravitan sobre él; si deja de considerarse, como hoy lo hace, biológicamente inferior al blanco; si mejora su alimentación , su indumentaria, su educación y sus esparcimientos, el indio abrazará la cultura contemporánea al igual que el individuo de cualquier otra raza (Gamio, 1992: 24)”. 
[40] Para Gamio, Yucatán en muchos sentidos representaba el ejemplo a seguir, y era la viva demostración de que si era posible la edificación de una cultura nacional sólida y un fuerte sentido de nacionalismo. Gamio comenta: “Yucatán es una de nuestra pequeñas patrias y posee concepto nacionalista propio. En lo que es territorio yucateco, la raza indígena conquistada y la española invasora, han llegado a mezclarse más armónicamente y profusamente que en ninguna otra región de la República (Gamio, 1992: 13)”. 
[41] Para Gamio esta era una de las características primordiales del nacionalismo, y a la que, probablemente, mayor peso da, de ahí que llegara a decir que “constituye la primera y más sólida base de nacionalismo (Gamio, 1992: 13)”. Particularmente para el caso de Yucatán, y en referencia a la posesión de características biológicas compartidas por sus habitantes, dice: “[En Yucatán] una mayoría social que autoriza la generalización, es de raza mezclada y tan esto es así, que aún cuando un yucateco no exprese el lugar de su procedencia, con sólo contemplarlo y oír su voz se deduce ésta. En efecto, el pronunciado braquicefalismo del cráneo y la fonética peculiar a su pronunciación, proclaman a voces el origen yucateco. Pues bien, esta homogeneidad racial, esta unificación del tipo físico, esta avanzada y feliz fusión de razas, constituye la primera y más sólida base del nacionalismo (Gamio, 1992: 13)”.    
[42] Respecto a las manifestaciones materiales concretas de la cultura nacional encontramos que Gamio, respecto a los países de nacionalidades definidas e integradas -como Francia, Alemania y Japón-, comenta: “La habitación, la alimentación, el vestido, las costumbres en general, son las mismas, con la diferenciación más o menos aparente que imprimé el mayor o menor bienestar económico de las respectivas clases sociales (Gamio, 1992: 8)”. 

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